Resumir 50 años de abnegada labor en unas cuantas líneas, no es posible pues no se trata solamente de personas nobles que tenían un corazón sensible y espíritu generoso que un buen día llegaron a Moyobamba, sinó de muchas personas que fueron usadas por Dios para la extensión de su Reino, y principalmente de dos mujeres pioneras, de coraje y mucho valor, de gran resistencia física, con capacitación profesional, visionarias, organizadas, intrépidas que arriesgaron su vida llevando sanidad y el evangelio a lugares que incluso hoy en día muchos de nosotros desconocemos. Su obra tuvo impacto nacional, la Reina de Inglaterra y el Congreso de la República del Perú lo reconocieron en 1967, un año después en que Annie Soper partió del Perú, dejando más de 50 iglesias evangélicas organizadas en San Martín. Se fue sin llevar nada material, dejando parte de su preciosa vida, y sobre todo sembrando la semilla del evangelio que hasta hoy sigue dando frutos, miles de vidas transformadas por el poder de Dios.
Annie Georgina Soper nació en Inglaterra el año de 1883 en el seno de una familia cristiana. De once niños Annie era la menor.
Su padre falleció en 1886 cuando ella tenía 3 años, a los 10 años perdió también a su mamá quedando bajo la tutela de su hermano William Soper.
Se alejó de los caminos del Señor por algún tiempo. A raíz de una enfermedad volvió a los pies del Maestro y consagró su vida para siempre como misionera.
Estudió enfermería en el St. Giles Infirmary de Londres, denominado hoy St. Giles Memorial Hospital. En Canadá estudió por dos años en el Instituto Bíblico de Toronto, ciudad en la cual también trabajó como enfermera.
En 1917 llegó al Perú como instructora de enfermería, fue Directora de la Escuela Mixta de Enfermeras del Hospital Dos de Mayo de Lima y organizó la Primera Escuela de Enfermeras en el Perú.
En 1919 durante un culto de oración para misioneros en Lima escuchó por primera vez de un pueblo llamado Moyobamba en el departamento de San Martín, el informe de un visitante decía que se llegaba a él atravezando la cordillera de los Andes, valles, ríos y cerros, que era un pueblo aislado, la disentería y la viruela acababan con la población, no había hospital ni médicos, sólo quedaban los curanderos y hechiceros para atender a la población, el informante concluía ...parece que es el lugar más olvidado del país. Desde ese entonces Annie Soper no pudo dejar de pensar en Moyobamba, escribió a su amiga en Londres la enfermera Rhoda Gould, y juntas en Junio de 1922 emprendieron viaje rumbo a la selva, su destino era Moyobamba. Viajaron en barco del Callao a Pacasmayo, luego por tren hasta Chilete; de aquí en adelante el viaje se realizó a pie o a lomo de bestia. Llegaron a Cajamarca, luego Celendín y de allí a cruzar la cordillera oriental de los Andes que se levantaba imponente como una muralla resguardando la selva. El cielo, los prados, el paisaje serrano extasiaba a las misioneras, pero pronto la dureza del camino iba en aumento, el frio, el lodo, las lluvias, los caudalosos ríos, abismos, puentes colgantes, durmiendo en cuevas, el ruido de los animales por las noches, los insectos, luego los calurosos valles, las caidas de sus acémilas al borde de los precipicios, no las detuvieron, llegaron a Chachapoyas, compraron nuevas acémilas; aun faltaba cruzar la segunda cordillera conocida como Pishco Huayunan , que resultó ser peor que la primera.
Se refugiaron en una cueva y durmieron junto a un esqueleto de algún triste viajero fallecido en el camino. Mareada por la escacez de oxígeno, Rhoda Gould en una de sus varias caidas de la acémila quedó inconsciente y con un dedo fracturado, desde allí decidieron caminar, sus pies se ampollaron por lo agreste del camino, escaceaban las proviciones, pero no se detenían, seguras estaban de su llamamiento.
Gringas Wiracuchas!!!
Así comentaban los moradores moyobambinos cuando por primera vez llegaron a ésta ciudad las enfermeras inglesas Annie G. Soper y Frances Rhoda Gould, luego de 5 semanas de riesgoso viaje desde la capital del Perú, un grupo de autoridades salieron a recibirlas, cansadas pero triunfantes se instalaron en una vivienda alquilada en el perímetro de la Plaza de Armas, eran las cuatro de la tarde del 27 de julio de 1922, precisamente al conmemorarse el Primer Centenario de nuestra Independencia Nacional; llegaron trayendo medicinas, instrumentos médicos y la Palabra de Dios;
Moyobamba era en ese entonces diezmada por una epidemia de viruela y disentería, no habían médicos, el hospital estaba vacío y cerrado desde hacía mucho tiempo; los brujos y curanderos atendían a los enfermos.
La vivienda de las misioneras pronto se convirtió en una clínica que atendía de lunes a sábado y todas las noches era la sala de cultos donde se predicaba el evangelio.
El clero de la iglesia católica prohibió al pueblo visitar a las misioneras, tejiéndose al rededor de ellas una serie de comentarios adversos, se decía que eran hombres vestidos de mujer, que eran diablos y que habían venido trayendo la maldición. Ante esto, las misioneras comenzaron a visitar las casas y a envolver las medicinas en literatura evangélica sin imaginar el impacto que más tarde tendría su persistencia, fue así como llegó un tratado a las manos de Don Eduardo Cifuentes, primero en aceptar el evangelio quien luego, acompañado de Don Manuel Moraes, viajarían a Costa Rica en 1927 a prepararse como pastores.
A pesar de la oposición, la obra de Dios avanzaba, A los dos años exactos, después de que aquella noche en que Ana y Rhoda durmieron en una cueva en los andes peruanos. Se compró un inmueble con capacidad para 70 personas esto permitió la inauguración de la primera Iglesia Evangélica en San Martín la propiedad fue adquirida con una donación de creyentes ingleses.